I
Aquel que defendía la esclavitud era visto como un hombre respetable, que defendía un orden natural evidente. Aquel que defendía la hoguera como método de ejecución era considerado misericordioso, pues se preocupaba por el alma del condenado. Aquel que defendía casar a una niña era un hombre de bien, pues entendía el compromiso y los valores familiares.
Estas personas sentían lo mismo que sientes tú cuando das dinero al más pobre, cuando te ofreces voluntario para ayudar a un pueblo necesitado o cuando evitas hablar con alguien por lo que piensa. Misma sensación. Misma intensidad. Acciones opuestas.
II
Cada sistema de creencias rechaza aquellas ideas que amenazan el propio orden que lo produjo. Los códigos de sociedades guerreras exaltan el valor y desprecian la piedad. Los de sociedades comerciales santifican el contrato y el pago puntual. Los de imperios extensos predican obediencia y paciencia. Ninguno de esos contenidos cayó del cielo, y la mayoría se han presentado como si fuera así, literalmente.
Fíjate en que cualquier acto puede ser descrito de dos maneras. El hombre que da todo lo que tiene puede ser un santo o alguien que compra tranquilidad, prestigio, salvación o una imagen soportable de sí mismo. Ningún acto carece de la descripción que habría de volverlo necesario. En otras palabras, la descripción interesada siempre está disponible, para cualquier acto, sin excepción.
III
Esto no implica que nada importe, sino que el código invisible que guía esa sensación de orgullo o de culpa no es tuyo. Tuyo es lo que queda cuando consigues quitarte la moral de los hombros.
Nosotros no pretendemos vivir sin criterio. Vivimos sin actuar como si estuviéramos atados de pies y manos, sin quedarnos atrás sujetos por cadenas que no existen.
No vivimos para los intereses de ninguna religión, sino para los nuestros.